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La mezcla de ADN

Mi cuñado es francés, con mayor precisión: bretón. Cuando se casó con mi hermana hace varios años, me sorprendió que la iglesia de su pueblo fuera tan antigua, por ahí del año 1000. Más aún me sorprendió que desde entonces tenía rastro de su familia en ese lugar de Bretaña.

Chapelle St Jaoua

Una historia similar y aún más lejana para mi es de un muy buen amigo Saudi que conocí en Dubai. Ahmad tiene rastro de su familia hasta la mera época del profeta Mahoma. Me maravilló saber que una persona puede conocer sus orígenes desde hace 1400 años.

Como parte de un ejercicio de reconocimiento familiar y personal hicimos una prueba de ADN en mi familia. Los resultados para personas que venimos claramente del mestizaje son muy divertidos porque en todos los casos de mi familia tenemos rastros de al menos dos continentes y en algunos otros 3 continentes en nuestra repartición genética.

En el caso de mi cuñado, la mezcla fue de la región celta de Francia, Inglaterra e Irlanda, es decir, prácticamente del mismo grupo genético.

Mi abuelo materno era español aunque nació en Cuba. Sus padres fueron asturianos que emigraron a Cuba a principios del siglo XX siendo prácticamente niños. Las condiciones y razones por las que migraron no son del todo conocidas, en esos años España se encontraba en varias guerras: Filipinas, Cuba, Marruecos. A mi siempre me pareció peculiar que emigraran a Cuba en el momento de la independencia del país caribeño, pero así fue. Las circunstancias de la Asturias rural hace 125 años debieron ser complicadas y miserables. Una ironía con lo que puede verse hoy en esa región y pueblos del Somiedo y Narcea.

Clavillas, Asturias

Años después, 1941, los bisabuelos y sus 4 hijos nacidos en Cuba emigraron esta vez a México. Cuando mi abuelo llegó a México era español y hablaba cubano.

Pocos años después conoció a mi abuela en una verbena donde se reunían jóvenes españoles que para esos años, coincidían con los refugiados republicanos de la guerra civil española. 

Es así que mis abuelos maternos formaron una familia muy cercana a las tradiciones españolas. Mi mamá escuchaba zarzuela y acompañaba a su papá al café Blanca en el centro histórico de la Ciudad de México donde se juntaban los paisanos españoles.

Mi abuelo murió casi un año antes de que yo naciera. Murió a los 47 años. El dolor de la pérdida del papá fue tan inmenso que no se hablaba mucho de él y mucho menos practicamos o vivimos plenamente las tradiciones que su familia trajo consigo desde Asturias y Cuba. Sin embargo, actitudes, pensamientos y cultura de él me han acompañado siempre. La aproximación a la izquierda, la simpatía con la revolución cubana y un sinfín de música española las tengo como parte de la herencia del abuelo sin haberlo conocido. 

Todos tenemos 4 abuelos. Por el lado de mi papá, mis abuelos nacieron, crecieron y murieron en un pueblo de la Tierra Caliente de Guerrero en México. Una región históricamente en conflicto por los pueblos indígenas desde que hay conocimiento y ahora por el narco. En esta región pasaron numerosos eventos históricos asociados a la independencia, la intervención francesa y la revolución. Las personas que pasaron por esta zona trajeron tradiciones y genes que se sumaron al rico mestizaje que ya existía desde la colonia.

De esta forma, apellidos de origen francés, ojos zarcos (claros) y cabellos rubios aparecen en algunos pueblos y familias de la región. El papá de mi abuelo paterno era ojo-zarco y rubio, y es una característica física que llama la atención y se nota.

El papá de mi abuela paterna, de apellido francés, venía de un pueblo de la región donde le decía a mi papá cuando joven: “te voy a llevar allá, para que veas a las muchachas bonitas de ojos zarcos”.

La riqueza natural de la región, sumada a la compleja y exquisita cultura musical y gastronómica son extraordinarias. Sin embargo, las oportunidades de trabajo y bienestar eran y son escasas. Mi abuelo, orgullosamente campesino y con un talento de pensar en el futuro como yo no he conocido a nadie, decidió y concertó con mi abuela que un mejor futuro para sus hijos sería fuera de esa región, en la Ciudad de México, y no solo eso, el objetivo firme y entendido por toda la familia para progresar era estudiar y trabajar. La única manera que asumió mi familia para salir de la pobreza económica era estudiando y trabajando con dedicación y esfuerzo. El futuro de quedarse en el pueblo era una condena a estar “jodido” de por vida. Estudiar, además, no era solo para salir de pobre, era también para abrir la mente, saber más cosas, comprender y modificar el paradigma de su entendimiento del mundo. Es decir, no solo se trató de tener una mejor posición económica sino de ser personas que usaran su mente para ampliar la forma de existir. Y en este sentido, el esfuerzo no fue exclusivamente individual, fue asumido como colectivo: la familia y el Estado alrededor del individuo.

La visión fuera de la caja de mi abuelo logró que de sus 9 hijos (3 mujeres y 6 hombres), 8 estudiaran al menos una carrera profesional. Y en la siguiente generación (la mía), estudiáramos una carrera universitaria 15 nietos, muchos de nosotros políglotas con maestría, doctorado. La mención de estos logros reflejan la exigencia con la que crecimos y comprendemos nuestro lugar en el mundo, no por arrogancia. Para nosotros el esfuerzo y la dedicación tienen resultado en el futuro. En nuestra visión, el mérito de cada persona que cultiva y exige a su talento le representará una mejor vida, pero sobretodo tendrá la satisfacción de darse cuenta que contribuye para sí mismo, su familia y el planeta. También tenemos la fuerte convicción de que la familia es un entorno que aporta y debe aportar al crecimiento de las personas, y así los logros y los descalabros son compartidos.

Ojalá ese pueblo de Tierra Caliente hubiera tenido y tuviese ahora mejores oportunidades para todos los que son de allí, pero no es así. La migración y el esfuerzo que implica haberse movido de un pueblo a la ciudad fue un alto costo que pagaron mi papá, sus hermanos y sus padres.

Para mi, esta visión y la cercanísima relación con mis abuelos paternos hicieron que me sintiera nativo de ese pueblo de la Tierra Caliente. Desde muy pequeño me quedaba las vacaciones enteras con mis abuelos; y montar a caballo o burro, arrear las vacas, ordeñarlas, corretear a las gallinas o estar parado frente al comal para comer tortillas recién hechas o hacer de molendero de mi abuelo para preparar mole era lo mejor que podía sucederme.

En la escuela, en la Ciudad de México, tuve algunos problemas porque se me quedaba la forma de hablar del pueblo, y quizá si era medio salvaje. Y a la vez, en el pueblo era el guache de la ciudad que no era de ahí, aunque pudiese montar muy bien. Nunca me pesó esta dualidad, siempre me sentí afortunado de ser quien soy.

Yo

Entonces, yo soy de Tierra Caliente, orgullosamente heredero de la visión de mis abuelos paternos, de sus tradiciones, sus palabras, su comida y su música. Pero también soy heredero de Asturias aunque tengo poca información de lo que eso significa. Ahora debo reconocer y asumir lo que esa parte de mi origen representa. Ahora, por elección, también soy portugués. Llegué a Portugal hace seis años y me siento contento y agradecido de estar aquí.

Soy Mexicano, Asturiano y Portugués, por convicción y genética. Me da mucha satisfacción llegar a esta conclusión porque no me siento menos Mexicano por ser Portugués o Asturiano y al revés. También es cierto que no soy o no me siento 100% de alguna parte. Esta sensación se traslada cuando mis papás o mi hermana se refieren a nosotros como “los portugueses”, o en Francia, a la familia de mi hermana le llaman “los mexicanos”. 

Me parece de una riqueza inmensa darme cuenta que mi identidad de múltiples orígenes no es de suma cero. Cada lugar, tradición, comida y palabra que reconozco como parte de mi herencia y elección no excluye a ninguna otra.

La identidad es importante porque nos da un lugar en el mundo: une nuestra historia personal con la historia colectiva, permite el reconocimiento mutuo y sostiene el sentido de dignidad, pertenencia y propósito.

La identidad de una persona es el conjunto de rasgos, experiencias, vínculos y significados con los que se reconoce a sí misma y es reconocida por los demás. No es algo fijo ni puramente individual: se construye a lo largo del tiempo, en relación con el entorno, las otras personas y las circunstancias históricas.

La identidad del migrante ¿cuál es? El migrante se enfrenta de forma constante a la pregunta:

¿Quién soy ahora?, lejos de donde era alguien. Para muchas personas esta es una pregunta tormentosa pero creo que la respuesta es enriquecedora y apaciguadora.

El migrante reconstruye su sentido de pertenencia entre varios lugares, lenguas y valores.

Tener una carga genética o un sentimiento de pertenencia hacia un lugar no te convierte automáticamente en parte de esa cultura; te da, más bien, una puerta abierta al encuentro.

Durante un tiempo creí que mi identidad podía justificarse en los términos de mi origen genético: si mi ADN me reconoce como mexicano, español y portugués, entonces, no se trataba sólo de una sensación, sino de una verdad material que confirmaba mi pertenencia. Adopté tradiciones, lenguas y valores de esos lugares, convencido de que mi apropiación cultural era, por tanto, legítima. Pues no.

La pertenencia cultural no se deriva exclusivamente de la sangre, sino también de la integración, el reconocimiento y la reciprocidad. No basta con sentir o portar herencias biológicas: es necesario participar, contribuir, dejarse transformar. Solo entonces la relación con una cultura deja de ser apropiación y se convierte en vínculo.

Mi vínculo genético me impulsa a conocer, comprender y compartir las culturas del ADN, pero no las reclamo como propiedad, sino que las reconozco como herencia compartida.

Eso convierte la pertenencia en un proceso, no en una proclamación. La identidad entonces se convierte en un acto narrativo: el migrante cuenta su propia historia y escucha otras, y al hacerlo, se rehace.

El migrante que no es reconocido ni en el país de origen (porque ya cambió) ni en el de llegada (porque no pertenece del todo) habita un espacio intermedio, un entre-lugar.


Pero ese espacio, aunque doloroso, puede ser creador: ahí nacen las identidades híbridas, transculturales, que mezclan lenguajes, memorias y sensibilidades.

No ser reconocido puede doler, pero también abre la posibilidad de inventar nuevas formas de ser y pertenecer.